D'A

Edición 4: febrero de 2015

Arquitectura y hedonismo

Joan F. Verger Ginard

 

‚ÄúYo nac√≠ (perdonadme) en la √©poca de la p√©rgola y el tenis‚Ķ‚ÄĚ

                                                                                                      Jaime Gil de Biedma

 

 

A doscientos kil√≥metros de Londres, hacia naciente, en la costa del Canal, existe un lugar llamado Frinton-On-Sea, una ciudad-balneario con su cielo gris, su playa gris de aguas grises, sus Piers tratando de alcanzar, insolentes, el continente, y ese ambiente relajado y familiar que invita al pensamiento √≠ntimo, a la reflexi√≥n y al descanso. O, al menos, as√≠ lo recuerdo yo. Personalidades como Winston Churchill o Douglas Fairbanks ten√≠an casa all√≠ y acud√≠an con frecuencia a la ciudad. Y en los alrededores, como un milagro, aparec√≠a un equipamiento deportivo id√≠lico o lo era, al menos, aquel verano de 1979 que rememoro, en que particip√© en el ‚Äú66th annual tournament‚ÄĚ, un prestigioso torneo de tenis que hab√≠an ganado, entre otros, Roger Taylor (1962) , el tenista brit√°nico eterno aspirante al torneo de Wimbledon, y el hippy dan√©s de largas trenzas doradas Torben Ulrich (1972). Se trataba del Frinton-On-Sea Lawn Tennis Club, una inmensa extensi√≥n de hierba limitada √ļnicamente por el horizonte, perfectamente cuidada y colonizada en exclusiva por redes geom√©tricamente colocadas conformando una playa de pistas de tenis en perfecta formaci√≥n y armon√≠a. Era como si la intervenci√≥n humana y la naturaleza, desmintiendo a Hegel, colaboraran para lograr algo muy pr√≥ximo a la belleza. No en vano junto a Wimbledon, Frinton era considerado como el principal lugar de celebraci√≥n en el calendario del tenis. A un lado, la casa-club, un conjunto modesto de edificaciones de cubierta de pizarra a cuatro aguas y ventanas de guillotina, dominaba respetuosamente la escena y aglutinaba las actividades complementarias relacionadas con la competici√≥n, casi todas ellas dedicadas a acompa√Īar la lectura y el relax propios de las esperas entre partidos, con una taza de ¬†t√©¬† o un s√°ndwich reparador. Todo muy british. Pero qu√© dulce sensaci√≥n compartir aquellas pl√°cidas jornadas en ese entorno donde parec√≠a que todo estaba en su lugar, de una atm√≥sfera en la que era dif√≠cil separar el placer del propio juego del placer de desarrollarlo precisamente all√≠, creada con delicadeza, desde el cuidado al m√≠nimo detalle, pues nada faltaba, pero tambi√©n desde el equilibrio, pues nada destacaba, la sensibilidad, pues nada inquietaba, y la medida, pues nada sobraba. O, al menos, as√≠ lo recuerdo yo.

Estos pensamientos acudieron a m√≠ al recordar las sensaciones sentidas en un lugar que, conoci√©ndolo bien, no deja de sorprenderme. Se trata del Mallorca Tenis Club (1962), significativa obra del arquitecto catal√°n Mitjans Mir√≥. As√≠ como Mitjans no era aficionado al f√ļtbol y eso no le impidi√≥ proyectar el magn√≠fico Camp Nou del F.C. Barcelona, tampoco se le conocen especiales vinculaciones con el mundo del tenis, y sin embargo nos deja en esa obra, como tambi√©n suced√≠a en el club de tenis de Frinton, una muestra de lo que debe ser la arquitectura pensada para desarrollar en ella una determinada actividad en las mejores condiciones posibles, al margen de actuaciones pretenciosas y ret√≥ricas. Es cierto que la topograf√≠a del solar donde se construir√≠a el club palmesano, el desnivel existente entre las actuales calles Bernareggi y Ca'n Bar√≥, favorec√≠a el escalonamiento de las diferentes piezas del puzzle que deb√≠a conformar la instalaci√≥n deportiva; pero no es menos cierto que tambi√©n exist√≠an preexistencias negativas que pod√≠an afectar al resultado final, como las reducidas dimensiones del solar para el desarrollo del amplio programa previsto, 12.000 m2, y que oblig√≥, por ejemplo, a construir parte de la pista central sobre el torrente de San Mag√≠n o a orientar incorrectamente las otras cinco; y el previsible desarrollo urban√≠stico de la zona, todav√≠a modesto en el a√Īo 1962 y que, como as√≠ ha sucedido, iba a estrangular el lugar. De ambas exigencias sali√≥ el arquitecto Mitjans airoso. En un principio el acceso a la casa-club, colocada en la parte m√°s alta del solar, pr√°cticamente alineada y en contacto con la calle Bernareggi ayudando a conformarla, deb√≠a producirse precisamente desde esa calle y por la fachada trasera¬† a trav√©s de un patio. Esa opci√≥n no lleg√≥ a materializarse probablemente debido a la edificaci√≥n de toda esa calle que impidi√≥ crear un espacio abierto de apoyo frente al acceso previsto. En cualquier caso, el acceso definitivo desde la parte baja del solar, la actual calle de Ca'n Bar√≥, atravesando el club de sureste a noroeste, ya demuestra las bondades del proyecto pues, en un espacio tan reducido, consigui√≥ Mitjans mantener, pese a esa circulaci√≥n trasversal, la intimidad necesaria de los tres equipamientos deportivos creados: las cinco pistas a noreste, la gran piscina en el centro, y la pista central, con el front√≥n y el squash anexos, al sur. Articul√°ndolo todo, la vegetaci√≥n creada deb√≠a colaborar en la armoniosa convivencia de las partes, desde la protecci√≥n visual de cada una de ellas respecto de las dem√°s pero tambi√©n desde la protecci√≥n visual de todas ellas respecto del exterior. En este punto debo decir que, a mi juicio, uno de los grandes hallazgos del proyecto de Mitjans es, precisamente, el mantenimiento hasta la actualidad de esa sensaci√≥n de oasis visual de la que goza la instalaci√≥n deportiva desde cualquier punto de vista. Gracias a la vegetaci√≥n estrat√©gicamente colocada, la relajante contemplaci√≥n del conjunto desde cualquier esquina demuestra la habilidad del arquitecto a la hora no s√≥lo de crear un espacio silencioso y discreto para la pr√°ctica de un deporte en ese sentido tan exigente, sino tambi√©n a la hora de prever c√≥mo le afectar√≠a el devenir urban√≠stico de la zona. Aunque en origen desde las terrazas del club pod√≠a verse el Castillo de Bellver, y el azul intenso del cielo aparec√≠a por todas partes, las edificaciones posteriores que lo rodean y que obstaculizan esa visi√≥n, quedan reducidas a una presencia casi inapreciable desde el interior, desdibujadas entre palmeras, pinos, alg√ļn limonero, olivos, aquella Jacarand√° brasile√Īa de flores viol√°ceas, ficus, chopos, yedras trepadoras... y, c√≥mo no, los cipreses, esos testigos erectos que, adem√°s de aislar las cinco pistas escalonadas, cumplen una funci√≥n importante para la pr√°ctica del tenis: la creaci√≥n de los fondos y laterales necesarios para la perfecta visi√≥n de la pelota; y es curioso como un personaje ajeno al tenis como Mitjans tuvo presente esta cuesti√≥n mientras afamados profesionales construyen pistas sin los fondos adecuados. Detalles quiz√° peque√Īos pero que marcan enormes diferencias.

Volviendo a la parte m√°s alta del solar, √©sta coincide con la planta baja de la casa-club y frente a ella, al mismo nivel, una gran superficie articula todas las terrazas y la piscina. A partir de ah√≠, y para optimizar las reducidas dimensiones del lugar, se desparraman en cascada y en diferentes direcciones plataformas escalonadas de usos diversos, como las cinco pistas alineadas, los jardines, el front√≥n, el squash y la pista central, creando sugerentes vistas de unas sobre otras pero manteniendo la privacidad necesaria entre ellas. Esa pista, la central, dominada desde la terraza principal, con los fondos altos que invitan a la concentraci√≥n, enmarcada por una grada curvada a poniente coronada por una p√©rgola de ca√Īizo, y al otro, a naciente, por el grueso de la zona ajardinada, es perfecta para el jugador y para el espectador. Profesionales de la talla de Ken Rosewall, o Manolo Santana pudieron comprobarlo cuando el tenis en la isla era tan solo una an√©cdota.

 

El edificio.

Como tel√≥n de fondo, imponiendo su horizontalidad y conformando el remate visual del conjunto, se materializa la casa-club desarrollada en tres plantas, s√≥tano m√°s dos, para una superficie construida aproximada de 1.500 m2. La planta superior, muy modificada en el tiempo debido, entre otras cosas, a un incendio, acoge una vivienda, los vestuarios, de los que el femenino conserva a√ļn la distribuci√≥n y las taquillas originales de madera, y un solarium que permanece intacto, vestigio de tiempos pasados en la concepci√≥n de los clubs deportivos de la √©poca. En esta planta se conservan dos elementos de gran belleza, caracter√≠sticos de la obra de Mitjans, y que le dan al club personalidad y misterio; se trata de la celos√≠a que esconde, conformando una segunda piel que genera un espacio intermedio interior-exterior y de circulaci√≥n entre las diferentes piezas, que permite observar e iluminar sin ser observado, y que mantiene la privacidad necesaria de los espacios que oculta sin renunciar a la sensaci√≥n de amplitud y trasparencia. Y a un extremo, insinuando la topograf√≠a del lugar, aparece a modo de pasarela la maravillosa rampa de dos tramos de acceso al vestuario masculino, pensada para ser recorrida por el jugador desde el propio vestuario hasta la pista dej√°ndose ver, protagonista, observado, narcisista, y disfrutando durante el trayecto de una magn√≠fica vista de todo el conjunto.

La planta baja, que se conserva prácticamente intacta salvo en lo que concierne a la fachada trasera, al patio original hoy desaparecido y al juego de trasparencias que se producía a través de él, contiene magníficos ejemplos de una arquitectura adaptada al lugar y a las funciones previstas. Con una altura muy adecuada respecto a su profundidad, 2,80 m. en toda su extensión, y punteada de los pilotis necesarios para sostener el edificio, está distribuida en su zona más noble mediante ligeros cerramientos de madera con la parte superior acristalada, formalismo que le da continuidad al falso techo y, consecuentemente, amplitud a los diferentes espacios conectados. Entre ellos destaca, como un milagro, la biblioteca con chimenea, en su día poblada de libros dedicados preferentemente, y como es natural, al mundo del tenis.

El sal√≥n principal, desarrollado a dos niveles para separar funciones sin obst√°culos visuales, acoge en un extremo, a poniente, la barra del bar que act√ļa como r√≥tula entre el propio sal√≥n, la cocina, y un porche de variadas funciones. Todas estas piezas, orientadas a sureste, desde la biblioteca y la sala de juegos anexa hasta el sal√≥n principal y el porche, tienen un contacto visual absoluto con el exterior a trav√©s de grandes cristaleras; y f√≠sico tambi√©n, a trav√©s de ese espacio intermedio tan propio de Mitjans, generado mediante un porche continuo a lo largo de toda la fachada sureste debido al desplazamiento en voladizo de la planta superior; la presencia del patio central desaparecido completar√≠a, en su momento, la escena. Merced a todos estos gestos arquitect√≥nicos logra Mitjans una atm√≥sfera √ļnica, donde la propia arquitectura tamiza la luz, distribuye los usos y las circulaciones de una manera natural y se integra en el entorno sin estridencias. Esa misma reflexi√≥n se podr√≠a extrapolar al conjunto de la instalaci√≥n deportiva pues, con la perspectiva del tiempo trascurrido, se aprecian a√ļn m√°s si cabe esas virtudes aqu√≠ ponderadas logradas desde la modestia elegante mediante un perfecto equilibrio entre funci√≥n, forma y lugar. O, al menos, as√≠ lo he vivido yo.

© D’A digital COL·LEGI OFICIAL D’ARQUITECTES DE LES ILLES BALEARS