Rehabilitación Casa Broner



Broner, en la plenitud y destrucción del paraíso
Guillem Frontera
Los escritos de Erwin Broner tan solo contienen algún esbozo difuso de lo que debió ser un episodio de plenitud exultante. Podemos intentar imaginarnos la excitación del joven Broner al encontrarse un paraíso primigenio en el que el hombre había encontrado la manera más razonable, discreta y perdurable de encajar. Cuando la técnica más avanzada se confirma con la práctica de un oficio ejercido siguiendo el hilo de la tradición, la historia cobra un sentido de conciliación reconfortante.
Al esparcir la mirada por los llanos y montañas de la isla, Broner debió sentir a su manera las palabras de bienvenida y convite de Marià Villangómez,
“Contemplad el paisaje extendido por largas líneas,
surcos, caminos, horizontes, el torrente y la mar,
y levantaos hacia las nubes que en lo alto se deshilachan.
Mirad el pequeño afán, constante, del hombre,
Y al mismo hombre mudo que se pierde por los campos”.
El pequeño afán del hombre había adivinado el camino correcto siglos antes de que en las escuelas de arquitectura la funcionalidad y la sencillez fueran tenidas como valores primordiales. “Verás caminos y casas perdidas”, había avanzado el poeta, que más tarde nos dice que el hombre se pierde por los campos. Las casas perdidas las ha edificado este hombre que se pierde por el campo: siempre que necesitéis sentir palpitar el corazón y la verdad de Ibiza, escuchad la palabra de Marià Villangómez.
Fue acercándose a estas casas perdidas, es decir, hechas como las habría hecho la naturaleza si tuviese en cuenta la necesidad humana de cobijo, fue así como el joven Erwin Broner recibió la lección fundamental de su vida. Ibiza era esta lección.
No podemos ignorar lo que sabemos. Así que, por mucho que la historia del siglo XX quebrase la senda que se había trazado el arquitecto y pintor -además de cineasta-, la voz del Mediterráneo, la voz de Ibiza sería siempre, a lo largo de su periplo por dos continentes, la llamada de la gran madre, porque fue en la isla donde encontró la cuna de la cultura –y de la civilización. Su vida sería un ir y venir, pero la referencia solariega, el lugar que nos permite partir porque nos tiene siempre preparado el retorno, el lugar de su vida era Ibiza.
Una vida tan fragmentada difícilmente podía dejar huella en los diferentes escenarios en que se desarrolló. Pero Broner no fue una de esas personas que van de un lado a otro para ganarse el sello de cosmopolita. Tanto en Alemania como en los Estados Unidos y, sobre todo, en Ibiza, Erwin Broner dejó muestras de su poética de la sencillez. Sabía que el arte solo es universal si emana aromas vernáculos, si lo han perfumado las especias del lugar. El número de obras arquitectónicas y sus dimensiones no son, en ningún caso, para llenar volúmenes, pero ante cada una de estas obras te quedas plantado, con la sensación de que las cosas son así y que éste es su orden natural: también tienes la misma sensación delante de cada uno de sus cuadros.
Si algún día se escribe la historia de la devastación de tierras, países, sociedades, paisajes y culturas por la ordenación inadecuada del turismo, en estas islas no podremos pretextar ignorancia de los hechos ni incapacidad para vislumbrar los caminos por donde esta historia se tendría que haber abierto paso. Pero, de estas islas, Ibiza es la que tuvo la oportunidad más clara de obrar decentemente porque Broner fue allí maestro, un profeta que, con sus obras, mostraba un camino practicable, y con su compromiso cívico, señalaba el peligro en que poníamos esta tierra y su futuro. Sus casas proclaman una verdad empapada de poesía y de admoniciones, una verdad incómoda porque fue abolida deliberadamente. La figura de Erwin Broner, que vivió la plenitud de la isla y su abrumadora banalización, resurgirá de las conciencias adormecidas para avergonzar a la nómina abyecta de quienes han destruido el paraíso. Pero, para ello, todavía tendremos que esperar un poco, el tiempo necesario para que la sociedad restaure la noción de vergüenza.
© 2012 D’A digital COL·LEGI OFICIAL D’ARQUITECTES DE LES ILLES BALEARS