





Asientos y tronos
Despus de una visita a can Lis el 16 de noviembre del 2012
Carlos Puente
“Nous pouvons faire de la maison, un palais. Et par l´urgence du principe d´unité, le palais, lui, sera une maison.”
Le Corbusier. Une maison, un Palais 1928
“Este sitio es mi altar. Es aquí donde, con el respeto más profundo, me enfrento a la naturaleza y, con gran pasión, contemplo el sol y la tierra ante mi.”
Jørn Utzon. Conversación con Henrik Sten Møller 1995
Hace ahora treinta años que vi por vez primera unos planos y unas fotografías en blanco y negro de can Lis, publicadas en Quaderns.
En aquel mismo número de la revista, se podían ver otras viviendas de interés; entre ellas la de Erwin Broner en Ibiza, muy hermosa, que tampoco conocía. Pero lo de Broner me resultaba más familiar.
La casa de Utzon, sin embargo, creo recordar que me sacudió entonces como un golpe inesperado.
La gentileza de unos amigos de Mallorca me ha permitido ahora comprobar in situ si los efectos de aquella sacudida se mantenían vivos en el cuerpo a cuerpo.
Hice el viaje desde Palma a Porto Petro expectante. Llegamos al atardecer. Había más gente (arquitectos) en el lugar; demasiada. Pero eso, hoy en día, es casi inevitable en todas las casas que han pasado a ser museos.
Mi primera sorpresa vino del carácter urbano que le otorga al sitio la calle trasera; esa calle ha sido eludida cuidadosamente por todos los fotógrafos (y han sido muchos) que han pasado por allí [1].
Es posible que cuando se construyó la casa en 1972, la situación fuese algo distinta; aunque la calle (o camino) existía y alguna otra casa a lo largo de ella, también. Es difícil saberlo con la documentación fotográfica disponible [2].
Pero…los lugares sagrados desdeñan relacionarse; los fotógrafos sucumben a ese imperativo y hacen malabares para ignorar el vecindario, sean otras casas o autopistas: pasa en can Lis, pasa en la Villa Savoye, pasa en la Farnsworth House.
En el imaginario (al menos en el mío), esa casa se enfrentaba al Mediterráneo, posada sobre la plataforma acantilada, con la misma arrogancia y soledad con que lo hace el templo de Poseidón en el cabo Sunion.
Esa primera sorpresa quizás apagó un poco mi encendida imagen juvenil, pero en el fondo no me desagradó: al fin y al cabo no somos dioses; y con la edad, cada vez menos.
La segunda sorpresa vino dada por la temperatura.
La casa, actualmente, es cedida generosamente por la Fundación Utzon para estancias de arquitectos, artistas y estudiantes, que pueden vivir allí un tiempo realizando sus estudios relacionados con la arquitectura. Durante unas horas del día, tienen que soportar la invasión de las visitas y a partir de cierta hora de la tarde recuperan la intimidad; por eso, cuando nosotros estuvimos, ya atardeciendo, se acercaba ese momento de intimidad; las camas estaban hechas; los edredones de pluma (seguramente daneses) de un blanco impoluto; las lámparas junto a las camas, con luz incandescente; todo ello, calentaba la escena con un color de miel; y con un calor que, en realidad, sólo imaginaba el ojo: la temperatura era más bien fría, como es normal a mediados de noviembre y algún radiador eléctrico portátil delataba la ilusión.
Se comentó que en verano la casa era un horno. He pasado varios veranos en la isla de Tabarca y sé por experiencia que la única forma de poder dormir en las noches de julio y agosto, es producir en los dormitorios ventilaciones cruzadas para que circule la brisa nocturna. En can Lis no hay ventilaciones cruzadas. En el último dormitorio, Kim Utzon abrió con posterioridad un ventanillo en la pared opuesta a la puerta (usando iroko en vez de pino melis), muy denostado por la profesión.
Puedo suponer que un curtido hombre del norte, y aparentemente deportista, como Utzon, aguantaba sin mayores problemas el frío de estas latitudes; no sé si soportaría con el mismo estoicismo el calor de las noches de agosto.
La tercera sorpresa: se nos explicó una intervención reciente para solucionar problemas en los forjados, como consecuencia de la corrosión de las armaduras de las viguetas. Se entiende, claro; está el mar; pero… hace treinta años yo creí que esta casa podía estar ahí desde hacía dos mil años y ahí podría seguir otros dos mil. El propio Utzon se fotografió explicándonos lo elemental de la construcción. Tan elemental que parecía imposible su deterioro…
Ahora me daba cuenta de que no estábamos en Micenas, ni en Karnak, ni en Chichen Itza. Esto también la hacía más humana.
Fue pasando el tiempo; el sol iba cayendo; la miel de las bombillas derramada sobre la piedra de marès era más dulce y melancólica. Las nubes sobre el mar eran las mismas de los dibujos de Utzon.
Los habitantes circunstanciales de aquel poblado paseábamos de casa en casa (de habitación en habitación); nos cruzábamos en las calles y plazas (los patios); se comentaban pequeñas banalidades sobre las dichosas guirnaldas de tejas de los aleros (serán galgos o serán podencos). “Y si las puso Utzon y ya no está para preguntarle, ahora que es un museo ¿qué se hace, se dejan o se quitan?”[3].
Todo contribuía a la hermosura, a la escenografía [4]; a hacer del sitio un altar, como el mismo Utzon dijo, aunque fuese años más tarde, y refiriéndose ya a can Feliz.
Y sin embargo, ¿qué era lo que faltaba? O lo que sobraba…
¿Eran el frío o el calor el problema?. No: esas cosas se remedian…
¿O que las mesas son altares?; o más que altares: son el pan mismo de la comunión repartido en porciones; ¿o que el mar es siempre un retablo?…
De pronto, me vino a la memoria otro lugar elegido por otro arquitecto para enfrentarse a este mismo mar: Le Corbusier construye en 1952 su cabanon en Cap Martin.
Prescindiendo de cuestiones de tamaño[5], las dos obras tienen la misma voluntad de conformarse con lo más elemental de la arquitectura. Pero hay algo, sobre todo, que diferencia estos dos lugares: y es la forma que ofrecen de mirar al exterior.
Le Corbusier, en el cabanon, nunca está “frente a la ventana”; a ninguna de las dos que miran al exterior; desde una se puede ver el mar; ante la otra se alza un gran algarrobo. Las dos tienen contraventanas interiores partidas en dos, que pivotan verticalmente; una de las partes está pintada por el propio Le Corbusier; la otra es un espejo; el arquitecto manipula estos artefactos como un tramoyista o como un mago su caja catóptrica. Y el resultado obtenido (el mundo exterior visible) siempre es distinto.
Can Lis me hace recordar los versos de Espriu en Cementiri de Sinera
Els meus ulls ja no saben
Sinó contemplar dies
I sols perduts.
En la liturgia antigua, el oficiante ejecuta su ritual de cara al retablo y salvo en contadas ocasiones no se vuelve hacia los fieles.
En can Lis, como vimos antes, la tramoya está preparada de antemano; no se manipula.
Como consecuencia de esa manera de mirar el exterior, se produce un hecho que resulta llamativo e importante: en el cabanon hay asientos; en can Lis hay tronos.
Los asientos del cabanon son ligeros cajones de contrachapado; están hechos para ser movidos y para cambiar de altura (27 x 33 x 43 cm.).
En la caseta de obra que tres años después sitúa junto al cabanon, el propio Le Corbusier, en carta a su madre, nos explica un nuevo avance en la dirección contraria al diseño: “Mon équipement est parfait. Mes 2 sièges sont 2 caisses à whisky vides ramasèes dans la mer.”
Los tronos de can Lis son bellísimos, inamovibles y estratégicamente colocados.
Y si uno se sienta en un trono y contempla el mar y espera durante mucho tiempo, puede sucederle lo que al rey Egeo: que acabe viendo llegar velas negras.
Y esto, hace que me pregunte si lo que dice Le Corbusier en Une Maison, un Palais es cierto. Porque quizás una casa puede ser un palacio, pero no es tan evidente que un palacio sea siempre una casa
P.S.
Le Corbusier construyó el cabanon en 1952. En agosto de ese mismo año, Brassaï visitó al matrimonio Le Corbusier en ese lugar. Al encontrarse, Yvonne comentó: “Brassaï, vous êtes témoin du cabanon dans lequel mon mari me séquestre. Regardez! Il me fait coucher par terre à côte de la cuvette du cabinet… Je me demande comment j´ai pu vivre pendant vingt ans avec cet énergumène et supporter toutes ses fantaisies.”
Al final del día, cuando el sol se había escondido detrás de las montañas de Montecarlo, llegó el momento de la despedida y el arquitecto le dijo: “Je me trouve si bien dans mon cabanon que, sans doute, je terminerai ma vie ici…”
Trece años después, el 27 de agosto de 1965, sufrió un infarto mientras se bañaba en la playa de Roquebrune, a quinientos metros del cabanon.
Utzon construyó can Lis en 1972. En 1994, la abandonó para trasladarse a can Feliz, más lejos del mar. Murió en Copenhague el 29 de noviembre de 2008.
[1] Sólo en el reportaje de Per Nagel para Living Architecture de 1989, aparece enmarcado desde el porche de entrada, un trozo del camino, bordeado por un murete de mampuesto en seco.
[2] En los planos que conozco, la calle no aparece representada; tras las tapias que cierran los patios traseros de la casa, sólo se dibujan unos circulitos que señalan los pinos que existen en ese espacio que Utzon cedió generosamente a la vía pública; pero en un estado previo del proyecto con fecha de noviembre de 1970, cuando aún se llamaba Casa Olicia, figura en la cartela el nombre de la Calle de la Media Luna 24-25.
[3] A este respecto hay un asunto más oscuro a mi modo de ver. Me refiero al fashion lifting de los baños tras la última reforma en el 2012. Cuando la persona desaparece queda el personaje y a éste hay que vestirle (cuando va a ser expuesto a la mirada pública) como debe ser. Creo que en la Fundación Utzon, en este caso, han sido más utzonianos que el propio Utzon.
[4] John Pardey habla de las ventanas de Can Lis como “dedos extendiéndose hacia el mar” a la manera palladiana en el Teatro Olímpico.
A la vista de un croquis de la planta dibujado por el propio Utzon, un símil más zoomórfico me hace pensar en un racimo de anémonas marinas con sus tentáculos extendidos en busca de presas.
En 1995, Rafael Moneo en su artículo “Sobre la arquitectura de Jørn Utzon: apuntes cordiales” escribía:”La arquitectura de Utzon difícilmente puede ser llamada escenográfica”. Y sin embargo, paseando a lo largo de la fachada que da al mar, en ese estrecho y extraño perístasis, un poco embarullado, que se forma entre las ventanas-dedos y el pórtico exterior, tuve la sensación de estar viendo el backstage de un teatro; viendo la tramoya, con los puntales que construyen el artificio escenográfico del interior.
Es un poco lo inverso de los poblados recreados por el cine en los westerns: allí la apariencia real está en la fachada y la trampa se esconde en un interior que en realidad no existe. Pensé con inquietud que detrás de la máscara de la tragedia griega, se veían los ojillos de Robert Venturi.
© D’A digital COL·LEGI OFICIAL D’ARQUITECTES DE LES ILLES BALEARS